Patricia Ballivian


Introducción

Este ensayo explora la intrínseca conexión entre la crisis climática global y las luchas de defensa del territorio, argumentando que ambas constituyen facetas de un mismo conflicto civilizatorio colonial que reduce la naturaleza a recursos y mercancía. La defensa del territorio emerge como un acto de resistencia ontológica que busca restaurar el diálogo reciprocó con la Tierra. A través de un análisis que entrecruza crítica decolonial, filosofía ambiental y epistemologías del Sur, se demuestra cómo los fracasos de la gobernanza climática global están estructuralmente vinculados a la perpetuación del modelo extractivista. La defensa del territorio se revela así no solo como protección física del espacio, sino como camino de reencuentro con la comunidad (unidad común) y con las bases sagradas de la existencia.

Si el cambio climático es el síntoma de un planeta en crisis febril, la defensa del territorio es el anticuerpo de los pueblos originarios y las comunidades despliegan para sanarlo. No son guerras distintas, sino los frentes de una única y decisiva lucha: la que define si habitaremos un mundo-mercancía o un mundo-vida. Esta es la batalla por la existencia y su campo de juego es la conciencia humana.


1. La reducción de la vida y el lenguaje silenciado

Nos hemos convertido en reductores de la vida, observándola desde la comodidad simplista y desconectada de las relaciones. Este no es un error incidental, sino el resultado de una epistemología colonial que, durante siglos, ha insistido en fragmentar el mundo para dominarlo.

Es más fácil repetir conceptos vacíos que interpretar las variables de un cosmos vivo; así, confundimos el tablero de juego mismo. Los ciclos sagrados de la naturaleza fueron reducidos a "recursos naturales", una categoría económica que justifica su administración y explotación, nunca su respeto. Este giro lingüístico es un giro ontológico: el agua dejó de ser un Ser (Yaku), una persona no-humana con la que se dialoga, para convertirse en H₂O, una fórmula química y un "recurso hídrico". El bosque, un ecosistema complejo lleno de inteligencia y parentesco fue reducido a "biomasa aprovechable" y el ciclo eterno de la vida, a "producción primaria".

Administramos lo que no entendemos porque nos volvimos sordos al lenguaje de la Tierra, un idioma que se habla en ritmos de lluvia y sequía, en reciprocidades de polinización y germinación, y en símbolos de montañas y ríos sagrados; nunca en las frías cifras de un balance financiero.

El lenguaje de la Tierra no se aprende en manuales sino en la presencia consciente. Es un conocimiento que se teje en el silencio de la escucha y se pronuncia con los actos de cuidado. Su sintaxis se rige por instrucciones simples que, sin embargo, contienen una lógica profunda que desafía toda la economía moderna:

  • Sembrar no es producir, es criar: La semilla no es un insumo industrial, es un ser vivo que contiene el misterio de la vida, un legado genético y cultural que conecta a las generaciones. Criar implica paciencia, amor y una responsabilidad que trasciende el rendimiento inmediato.
  • Cosechar no es extraer, es reciprocar: No se puede tomar de la tierra sin devolverle, sin honrar el intercambio. Es un acto de gratitud, no de acumulación. La deuda no es con el mercado, sino con el suelo que nos alimenta.
  • Caminar no es transitar, es escuchar: El territorio no es un espacio vacío a ser dominado y medido, sino una memoria viva, un archivo de historias, luchas y sabiduría que se descifra con los pies, con el corazón y con la comunidad.

2. Crisis Climática y Defensa del Territorio

La crisis climática no es un simple error de cálculo en nuestro modelo de desarrollo, es la consecuencia lógica e inevitable de haber jugado en el tablero equivocado durante más de 500 años. Un tablero diseñado por la colonialidad donde el territorio es un espacio de conquista, los ciclos naturales son meras externalidades y el progreso se mide exclusivamente por el volumen de lo que se extrae, nunca por la calidad de lo que se cuida. El problema de fondo no es técnico; no se resolverá solo reduciendo emisiones, ajustando modelos u optimizando tecnologías porque opera dentro del mismo paradigma que lo causó.

La Conferencia de Estocolmo en 1972, arquitectura global para enfrentar la crisis ecológica, ha sido un fracaso monumental. Las emisiones globales no han hecho más que aumentar en paralelo los protocolos y acuerdos de países firmantes, pero no cumplidos. La razón estructural es la profunda desigualdad en la responsabilidad y el poder: el 1% más rico de la población mundial emite el doble de gases de efecto invernadero que el 50% más pobre (Oxfam).

Este dato no es una anomalía, sino el síntoma de un sistema diseñado para fallar; un sistema donde los acuerdos son voluntarios, las reglas las escriben las corporaciones transnacionales bajo el eufemismo de la "economía verde", y donde los países ricos subsidian masivamente los combustibles fósiles mientras exportan su contaminación al Sur Global.

Frente a este colapso civilizatorio, la defensa del territorio emerge no como una opción sino como el acto de reconexión urgente. Esta defensa es un concepto que trasciende por completo la mera protección de un espacio geográfico, es una lucha integral por la supervivencia física, cultural y espiritual. Es la resistencia contra la última fase del colonialismo: el extractivismo neoliberal.

En esta lucha, el ser humano es el territorio hecho conciencia, es el cuerpo colectivo de la memoria, el espacio donde la vida se arraiga y se expresa en sus múltiples dimensiones. No es un recurso, ni una propiedad, ni un escenario vacío: es la trama de relaciones que sostiene la existencia y garantiza nuestra subsistencia. En él, la biodiversidad se entrelaza con los ciclos de la alimentación, el suelo que pisamos y el cielo que nos cubre, pero también es el lenguaje silencioso de los ríos, la resistencia de los bosques y la sabiduría de quienes aprendieron a escucharlo. Defenderlo es asegurar el alimento, la biodiversidad y el futuro: es defender el derecho sagrado a existir en equilibrio.